Por Medio Del Otro

Los humanos tenemos miedo de lo que no conocemos, pero, a la vez, somos curiosos y tratamos de ir más allá, incluso más allá de lo que la precaución nos indica. Algunas veces también y de manera inesperada llegamos a una situación que, sin haberlo querido o buscado, desestabiliza nuestro confort. Lo cierto es que cuando alcanzamos nuestro límite,  cuando ya nuestras capacidades y acciones no pueden controlar o determinar los resultados, tendemos a buscar una fuerza o presencia superior de la cual imploramos su ayuda, o su energía, o su guía. Para los que creemos en Dios, justo Él es el centro de esa plegaria.

Dios siempre nos oye en nuestras peticiones, aunque no siempre aquello que vemos nos parece una respuesta positiva. Más aún, muchas veces nos parece que de principio ni nos oyó (ver Efectividad  en la Oración) y es allí donde nace la mayoría de los que se declaran no creyentes en Dios o que dudan de su existencia: ¿Dónde está ese ser proclamado como magnánimo, si lo que recibo después de orar no es lo deseado?

Recientemente oí a alguien decir que Dios actúa por medio de las personas: “Ebed Mélec salió de la casa del rey y le dijo: «Rey, mi señor, esos hombres han obrado maltratando así a Jeremías; lo han arrojado al aljibe, y allí abajo morirá de hambre, porque ya no hay pan en la ciudad». El rey dio esta orden a Ebed Mélec, el cusita: «Toma de aquí a tres hombres contigo, y saca del aljibe a Jeremías, el profeta, antes de que muera».”   Jeremías 38, 8-10. Y así el profeta Jeremías fue salvado.

Seguramente Jeremías, hombre de Dios, había estado rogando a Dios por ayuda y Dios le “escuchó”. Le escuchó y envió a  Ebed Mélec a hablar con el rey. Sin embargo, no creo que en realidad Dios en persona se apareciera a Ebed Mélec y le ordenara ir donde el rey, o al menos no hay referencia a ello en el relato. Pero sí deduzco que Ebed Mélec, también hombre bueno, razonó acerca de la situación, dejó el miedo a lo que podía significar enfrentar al rey y decidió actuar en contra de lo que creyó una injusticia. Y es allí donde nacen los favores de Dios, en los corazones de los humanos que están dispuestos a hacer el bien, a obrar con justicia, a actuar a favor de lo que es bueno.

¿Y por qué entonces decimos que son milagros de Dios y no obra de los hombres? Pues porque Dios nos amó primero, porque nos enseña a vivir en el bien, la verdad y el amor. Porque de Él proviene todo lo bueno. Y si nosotros, los hombres, sabemos oír ese mensaje y lo hacemos el código de nuestras vidas, todos los días, y cada vez más, habrá gente que reciba la bondad de Dios. Porque por cada obra buena que un hombre hace hay otro que puede verse beneficiado y si este último tiene los ojos abiertos, se dará cuenta que es la bondad de Dios, su amor y sus enseñanzas las que han hecho posible que reciba ese beneficio y comprenderá que Dios le oye por medio de los demás.

Desde otro ángulo, una mala obra también afecta a alguna persona, pero negativamente, la perjudica. En ese caso, quien realiza la mala obra en lugar de ser conducto para el bien es procurador del mal. Y el que nada hace se convierte en obstáculo al bien, en un estorbo.

Pensemos en las dimensiones que esto alcanza cuando se consideran todos los seres humanos a lo largo del pasado y del hoy, sin olvidar que, aunque quien más poder tiene también tiene más responsabilidad, eso no elimina el diario compromiso de los hombres de a pie. Así pues, la próxima vez que estemos tentados a dudar de Dios o culparlo por alguna circunstancia por la que estemos pasando o sintamos que no nos oye, revisemos estas ideas como un todo y pensemos en la responsabilidad colectiva de los que ayer u hoy, pudiendo hacer el bien, optaron por otra alternativa. Incluidos nosotros mismos.

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