Muchas veces me pregunto qué hace diferente a las personas. Cuando visito las escuelas y veo a los niños con la maestra que les imparte la misma educación a todos, que reciben las mismas tareas, que van a los mismos paseos escolares y juegan en el mismo parque, me parecen todos muy parecidos, con sonrisas en sus caras, con ilusiones, con picardías y travesuras. Cuando vuelvo a verlos pocos años más tarde, ya van haciéndose distintos, tomando inclinaciones distintas, con expectativas e intereses distintos.
Los niños de edad escolar pasan unas 7 horas en las escuelas, aproximadamente 1 hora más en prepararse, ir y volver. Duermen unas 8 horas, lo cual deja 8 horas que hacen la diferencia.
¿Por qué unos se inclinan por la lectura y otros la odian? ¿Por qué hay los que son dedicados con sus tareas y otros que simplemente la “peinan”(pasan por encima)?
Yo pienso que no es un azar o lotería lo que se sacan los padres con los hijos y que los tiempos de “me salió bueno (o malo) el muchacho” ya pasaron hace mucho tiempo. Pienso también que es un asunto de mucho tiempo y trabajo, pero que es como una cuenta bancaria que debe tener una cantidad específica, si voy ahorrando (abonando) desde el principio, a lo largo del tiempo tendré lo que se requiere, pero si lo dejo para luego, tendré que esforzarme demasiado en el futuro y seguro me cobrarán intereses. Es decir, que si no dedico tiempo y esfuerzo a diario, desde muy pequeñitos, a enseñarles, corregirles, explicarles las cosas y las consecuencias, a estimularlos y a que experimenten, entonces tendré que hacer un esfuerzo mayor cuando entren a la escuela, y si ahí aún no lo hago, tendré que gastar muchas energías, angustias y hasta dinero para que se pongan al día. Y si allí tampoco lo hago,… me tendré que atener a las consecuencias.
Si a un ser humano se le facilita algo o una circunstancia que le produce placer con un mínimo de esfuerzo, muy difícilmente decidirá separarse de aquello y dedicarse a otra actividad que requiera su dedicación, su concentración; en otras palabras, un esfuerzo, y menos aún si no le ve los resultados de manera inmediata.
Cuando somos adultos hacemos muchas cosas que requieren mucho de nosotros mayormente guiados por el deber y la responsabilidad, pero estos son conceptos que los niños van aprendiendo poco a poco y la mejor manera de enseñárselos no es precisamente permitiéndole ver televisión todo el día, o juegos de video, o que la casa esté en un constante ambiente de fiesta, con visitas todo el tiempo o dándole prioridad a un paseo por encima de los deberes escolares.

Si, desde que están muy pequeños, estimulamos a nuestros niños en la curiosidad del cómo funcionan las cosas, les limitamos a lo mínimo la televisión y los juegos de videos, les especificamos expectativas altas (lo que esperamos de ellos), les ponemos reglas, les mantenemos un ambiente estable y con una rutina donde todo tiene su momento; nos sentamos con ellos para que sepan que son importantes y sus cosas también; no les mandamos dobles señales en cuanto a lo que tiene prioridad, les leemos (todo el mundo lo aconseja pero muchas veces no oímos) y sobre todo, los amamos mucho, tenemos mayores chances de que sean ciudadanos aptos y capaces que puedan servir a la sociedad y explotar los talentos que Dios les ha dado y que, de paso, esto les guste.








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