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Efectividad de la Oración

Tengo ya tiempo escudriñando dentro de mí tratando de encontrar una explicación a ciertas cosas o situaciones con respecto a la oración.

Comenzaré refiriéndome al pasaje bíblico que dice “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen a la puerta y se les abrirá” (Mateo 7:7). El cual, visto simplemente, indica que lo que pidamos se nos concederá. Pero ¿por qué cuando hemos pedido ganar la lotería, aun prometiendo dar la ganancia a una causa justa, no hemos ganado nada? Seguramente alguien con sabiduría nos dirá que no hagamos perder a Dios el tiempo con peticiones vanas y que no es eso lo que Él nos quiso decir en el evangelio, que pidamos cosas para nuestro bien o el bien de otros.

Aceptable, olvidemos la lotería. Entonces veamos la petición que hacemos a Dios cuando rogamos que nos vaya bien en un viaje, aquello de “sé nuestra guía en el camino y que regresemos con bien”. En lo particular, pienso que por un favor de Dios hemos tenido buenos viajes y hemos regresado con bien. Pero entonces ¿es que aquellos que se accidentaron o que murieron en un accidente, no le pidieron a Dios?  ¿O su rezo no fue suficiente? ¿O lo hicieron con menos fe? ¿O yo soy más especial que ellos y a mi Dios sí me oye?

Diría, la persona sabía, que no, que todos valemos lo mismo ante los ojos de Dios, que debemos poner nuestras vidas en sus manos y estar siempre listos para cuando nos llame a su presencia y que pidamos más bien por fortaleza para afrontar los momentos difíciles.

Digamos que está bien el consejo y pensemos entonces en cuándo una persona pide algo. Nos han dicho que la “clave” es la fe, así que esta persona dice: “Yo tengo fe en mi Señor que así va a pasar; mi Señor me lo va a conceder”. Pero, la petición no es concedida (a pesar de mi fe y mis muchas oraciones mi papá murió de cáncer; o sigo teniendo problemas económicos graves; o a mi marido lo van a deportar; etc.)

Si creemos en Dios, es lógico creer que Él quiere nuestro bien y nuestra felicidad, puesto que a través de la historia nos ha dado mensajes de cómo vivir en el bien y ser felices, esto por medio de profetas y enseñanzas y hasta dándonos su propio hijo, quien, además de enseñarnos el camino, murió para que se perdonaran nuestros pecados (los cristianos creemos esto). Pues bien, un Dios que quiere nuestro bien y nuestra felicidad, ¿cómo no nos va a dar la salud, la vida, el trabajo que queremos, la tranquilidad de vivir en familia y tener el sustento? Si somos buenos, no hacemos daño a nadie, creemos en Dios y le rendimos culto, ¿por qué no oye nuestra oración? ¿Por qué permite que pasen cosas malas? ¿Por qué dejó que eso sucediera?

Y seguiría diciendo la persona sabia: primero, Dios nos dio un regalo maravilloso que no tiene intención de transgredir: nuestra libertad. Y segundo, que estamos pidiendo lo equivocado, que estamos enfocados en el acá y el ahora, buscando el bien material, el bienestar físico, el estar en paz ahora y no estamos considerando nuestro más valioso bien, que es nuestra alma; no estamos pensando en el momento más importante, la eternidad en presencia de Dios.

Analicemos algo, si Dios se encargara de apartar los carros que están en la carretera, para “protegerme de todo mal y peligro”, pero siendo justos, no solo protegerme a mí y apartarme los carros a mí, sino a todos y cada uno de sus hijos, que son todos los hombres, no nos permitiría manejar; ya hubiera “forzado la barra” para hacer que todos condujéramos perfectamente seguros, pero con esto nos hubiera quitado la libertad.

Parece entonces que estamos en un ir y venir de contrariedades: Dios nos ama, quiere nuestro bien y felicidad, pero no va a intervenir en arreglarnos todos nuestros asuntos con su poder, porque nos dio la libertad y porque todos somos sus hijos y no va a favorecer a algunos por encima de otros.

En este punto podemos decir: ¿vale tanto la libertad que, por tenerla, perdamos la ventaja de que Dios nos resuelva todos nuestros problemas? Por esa línea podemos extendernos hasta donde queramos, pero lo dejo para otra reflexión; sólo hago referencia, como ejemplo, a una situación en la cual un ente “superior” se encargó de todos nuestros asuntos y sugiero que pensemos en lo que pasó transcurrido un tiempo bajo esas circunstancias. La situación, nuestra infancia y adolescencia temprana.

Volviendo a la oración, después de reflexionar sobre lo que comentamos, entonces podría ser válido preguntarse: ¿para qué orar si Dios no se va a involucrar en ninguno de los problemas humanos que tenemos? ¿Cómo es eso que quiere que los hombres sean felices si la propuesta es que se trabaje para que, después de este tiempo y esta manera de existir, se esté en paz y sosiego? Cuando no tenemos ni idea concreta ni certeza de lo que vendrá.

Pienso en dos cosas al llegar a este lugar en el laberinto mental de esta reflexión: primero, que el ser humano no fue hecho para la soledad; por el contrario, somos entes sociales y necesitamos del amor y la amistad entre unos y otros. Cuando oramos, si en verdad entendemos lo que es orar, nos estamos comunicando con el amigo por excelencia, el amigo que no da la espalda, el amigo que siempre está allí, cercano, apoyándonos, amándonos (nótese que de todas maneras siempre está ahí, oremos o no, sólo que si lo ignoramos, somos nosotros los que estamos olvidando su presencia). Algunas veces, esa amistad de Dios viene expresada en presencia física de amigos humanos.

Lo segundo tiene que ver con lo que pedimos, y razono que lo apropiado es pedir guía y fortaleza. Pedir guía o iluminación para discernir cómo proceder, para saber qué camino tomar, qué decisiones adoptar: ¿A qué médico llevar a mi hijo o a mi padre? – ¿Sigo la opinión de ese médico o busco una segunda opinión? – ¿Me decido por un tratamiento agresivo o por uno menos invasivo? – ¿Me conviene cambiar de trabajo? -¿Esta escuela es buena para mi hija? -¿La actividad en la que participa es buena para ella a largo plazo? Recordemos que lo que hoy se ve como algo conveniente, apropiado y divertido, mañana puede llevarnos a riesgos por el tipo de actividad, por las personas involucradas o por el lugar donde se encuentra.

Y pedir fortaleza para poder hacer lo que necesitamos hacer: -llevar al hijo al médico; -buscar otra alternativa; tramitar un trabajo diferente, etc. Pero también pedir fortaleza para navegar las dificultades cuando las cosas no salen tan bien, cuando el dolor nos aplasta, cuando la impotencia nos ahoga, cuando todo es negro y quisiéramos que las cosas fueran diferentes.

¿Quiere decir esto que no debemos pedir por la sanación de, por ejemplo, un amigo?  ¿O no pedir que Dios proteja a nuestros hijos cuando van a la escuela? Por el contrario, debemos orar, pero bien. En lugar de pedir que se sane mi madre, pedir guía para discernir dónde convendrá llevarla, guía para aquellos que la atiendan, para que se encaminen en las soluciones apropiadas; iluminación para saber cómo proceder. También pedir fortaleza física para las tareas requeridas en su cuidado y fortaleza espiritual para cuando estemos cansados de luchar sin resultados, para el caso de que el producto no sea lo anhelado. Y no olvidar pedir fortaleza y guía para ayudar a esa alma a encontrar paz y sosiego. Debemos pedir iluminación para los jóvenes, para que sepan optar por lo que es bueno, para que aprendan a discernir lo que les conviene y tengan fortaleza para rechazar lo que no.

Cuando sentimos que no estamos solos y contamos con que podemos abandonarnos porque hay quien nos sostenga aun en esos momentos que creemos insuperables, entonces alcanzamos la paz y el sosiego. Si comprendemos esto, seremos capaces de conseguir lo prometido, la felicidad y el bien, a pesar de todo.

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